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La persecución a los cristianos en el mundo: el genocidio del que nadie habla

Santiago Santurio 11 de marzo de 2025 4 min de lectura
La persecución a los cristianos en el mundo: el genocidio del que nadie habla

Resumen de la nota

Cristianofobia: el genocidio silencioso. El diputado nacional Santiago Santurio expone la persecución global contra los cristianos —de Corea del Norte a Nigeria, de Siria al propio Occidente— y reclama romper el silencio frente a la cristianofobia que ataca las raíces de la civilización occidental.

Texto original:

Más de 380 millones de cristianos sufren persecución y discriminación en todo el mundo. Asesinatos, explotación sexual, control estatal y un extenso catálogo de violencia y masacres caracterizan esta realidad.

En Corea del Norte, poseer una Biblia resulta en encarcelamiento en campos de concentración. Pakistán ve familias cristianas atrapadas en esclavitud laboral, con mujeres víctimas de explotación sexual sin protección estatal. Nigeria y Congo experimentan regularmente asaltos y masacres en templos perpetrados por terroristas islámicos.

Siria e Irak han presenciado un vaciamiento cristiano desde las «primaveras árabes»: mediante asesinato brutal, conversiones forzadas al Islam o éxodo masivo. Occidente raramente aborda este genocidio silencioso, distanciándose de sus raíces cristianas.

China somete a católicos a vigilancia estatal, mientras en Laos la presencia de símbolos cristianos en hogares puede motivar denuncias policiales.

«Matan a cristianos, minorías, a cualquiera…», reportaba Perfil el 9 de marzo, refiriéndose a masacres actuales en Siria por grupos radicalizados que recientemente asumieron el control.

El 19 de febrero, 70 cristianos fueron decapitados por yihadistas dentro de una iglesia en la República Democrática del Congo.

Según Open Doors, 1 de cada 7 cristianos experimenta persecución globalmente; en África afecta al 20% de cristianos, en Asia al 40%.

Durante 2024, 4.476 cristianos fueron asesinados únicamente por su fe, y 7.679 iglesias fueron atacadas. Sin embargo, el mundo contemporáneo, acostumbrado a identificar «fobias» contra diversos grupos, rechaza reconocer la «cristianofobia». Resulta paradójico considerando que el cristianismo fundamenta la civilización occidental.

La persecución oriental ocurre en naciones de mayorías religiosas no cristianas —Pakistán, India, países árabes donde construir iglesias está prohibido— y en estados comunistas como China y Laos.

En África, terroristas islámicos masacran cristianos, aunque los medios rara vez presentan estas tragedias como injusticias dignas de atención mundial.

Sin embargo, la persecución occidental adopta formas distintas. Aunque carece de violencia física manifiesta, existe hostilidad creciente hacia el cristianismo.

Ejemplos incluyen festivales donde símbolos religiosos se ridiculizan —como en arteBA, donde la Virgen María fue representada con características anatómicas femeninas explícitas—, ministros de cultura retratados consumiendo tortas con forma de Cristo, y natividades transmitidas burlonamente en plataformas de streaming.

En universidades y espacios políticos se deslegitima a quienes mantienen principios cristianos, asociándolos con posiciones anacrónicas e intolerantes. Estos ejemplos cotidianos ilustran la persecución religiosa o «cristianofobia» permeable en la cultura y sociedad contemporáneas.

El siglo XX presenció más mártires que toda la historia eclesiástica. En España, país culturalmente cercano, miles de católicos fueron torturados, ejecutados y masacrados por republicanos que el PSOE actual de Pedro Sánchez reverencia.

Más de 6.000 sacerdotes y obispos fueron asesinados: en calles, domicilios, seminarios en masa; mutilados, decapitados, torturados. México experimentó situaciones similares. Millones sufrieron persecución comunista en la Unión Soviética, fenómeno que persiste en variantes contemporáneas.

Históricamente, la intolerancia hacia cristianos ha transitado desde violencia directa hasta marginación cultural. Lo inquietante no es únicamente la persecución sino la indiferencia con que se trata. En un mundo que condena discriminaciones diversas, el sufrimiento cristiano permanece secundario.

Desarrollar consciencia de esta realidad constituye el primer paso preventivo. No se limita a denunciar sino a generar acciones concretas para respaldar a perseguidos. El silencio, indiferencia o minimización perpetúan esta problemática.

Ha llegado el momento de abandonar el silencio y, como San Esteban, ejemplificar valentía en la fe. Su discurso ante el Sanedrín recuerda: «¡Seréis testigos de la verdad, aunque el precio sea alto!».

Es momento de alzar la voz y defender el patrimonio de la fe viva en Cristo. Como expresaba Santa Catalina de Siena en el siglo XIV: «¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! Porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!».


Columna de opinión de Santiago Santurio publicada originalmente en La Derecha Diario.